miércoles, 4 de septiembre de 2013

Escalando el cerro Pechito Parao


Revista Competitividad Ejecutiva
Publicación Oficial de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (APEDE)
Agosto 2013

Escalando el cerro Pechito Parao

Jaime Figueroa Navarro

A raíz de la conmemoración de los 500 años del avistamiento del Océano Pacífico, me desplacé en mayo pasado al poblado natal de Vasco Núñez de Balboa, Jerez de los Caballeros, en la provincia de Extremadura, España; dicté, posteriormente, una conferencia sobre el ilustre Adelantado del Mar del Sur en un simposio mundial de patrimonio histórico celebrado en la Universidad de Massachusetts en Amherst. 

El miércoles 12 de junio fui invitado al lanzamiento de Darién como destino turístico, actividad formalizada en el auditorio de la Universidad Latina de Panamá con el auspicio de ese centro de estudios, United States Agency for International Development (USAID) y el Programa de Desarrollo de Darién (PRODAR) del Despacho de la Primera Dama.  Desconociendo a ciencia cierta el cronograma de actividades que de seguro adelanta la Autoridad de Turismo de Panamá, conversamos al finalizar el evento con el empresario darienita Erasmo de León, regente de Ecotour Darién, surgiendo por iniciativa propia, para complementar las actividades antes mencionadas, concebir una expedición para escalar el cerro Pechito Parao, desde cuya cima, Balboa divisa el Mar del Sur el 25 de septiembre de 1513.

No fue hasta 1997 cuando el Instituto Panameño de Turismo (IPAT) cosechase salvoconductos para que algunos aventureros turistas pudiesen visitar la enigmática región, despreciablemente ignorada por el resto de los panameños, resultado de estrafalarios mitos tales como que detrás de cada arbol se oculta un guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) o que seremos mordidos por una serpiente.  Del tamaño de la isla de Jamaica y con 47,000 pobladores, Darién es la mayor provincia del istmo con el menor número de habitantes.
 
Del 19 de junio al 5 de julio del año en curso, 227 jóvenes procedentes de 50 países visitaron Panamá para cumplir la ruta Quetzal, patrocinada por BBVA, viviendo la pasión por la aventura en el istmo.  Se adentraron en la selva de Darién para seguir los pasos que hace 500 años diera Vasco Núñez de Balboa y tras largas caminatas, travesías por ríos y escaladas, haciéndole frente a altos niveles de cansancio, alcanzaron a ver desde la cima del cerro Pechito Parao lo que para entonces fue el descubrimiento del Mar del Sur.

El viernes 5 de julio, Don Damián Barceló, propietario del Hotel Meliá Panamá Canal, agasajó a los jóvenes de la ruta del Quetzal y me invitó al ágape en Colón donde conversé amenamente con algunos de ellos, llegando a la conclusión de que hay que hacer que los panameños vayamos intimando los viveros del terruño.  Patria es la tierra, la vegetación que la tapiza, los hombres y mujeres que la habitan.  Lo son por el “ius sanguinis” o por el “ius soli”.   Se convierte en  virtuosa tarea alcanzar este empeño a través del ejemplo.

Fue entonces cuando organicé la expedición que nos llevaría el domingo 21 de julio a la cúspide de la loma (siendo también, por coincidencia, un domingo hace 500 años que Balboa logró la proeza).  Acompañado de  3 colegas de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas, junto a dos damas, asistidos por el guía Erasmo de León, heredé la iniciativa como el nuevo Adelantado de este singular grupo de 7 trotaistmos. 

Ni las fábulas de las culebras ni de los insurgentes iban a empañar el espíritu.  La decisión estaba tomada, a pesar de decorosas insinuaciones de contrariedades sanitarias ficticias y hasta de los peligros del guano de los murciélagos en los bosques al sistema respiratorio.  De hecho, una de las características de los darienitas que más nos llamó la atención es su envidiable estado de salud, apartados de alimentos chatarra y lejos de ser cocacolizados, ingiriendo jugos de frutas tropicales y agua de pipa en vez de las gaseosas desbordantes en azúcares, vicio propio de los obesos ciudadanos del mundo moderno del siglo XXI.  

El sábado 20 partimos en autos 4X4 de ciudad de Panamá a las 8:00 a.m. en un viaje de 4 horas en carreteras relativamente aceptables hasta llegar a Santa Fé de Darién, poblado donde almorzamos;   posteriormente aprovechamos para visitar al Equipo Comunitario de Desarrollo Integral Cristiano (ECODIC), fundado por las religiosas católicas de la orden Maryknoll, que toma plantas del bosque para luego procesar productos orgánicos como jabones, pomadas, alcohol y tés.  Las primeras tres hermanas Maryknoll llegaron al istmo el 1 de noviembre de 1943.  La noble labor del centro pastoral en Santa Fé asiste en la formación cristiana, educación ambiental/ecológica y el entrenamiento de promotores de salud.  Allí intercambiamos con uno de nuestros anfitriones, una bolsita de M&M por un cacao, delicioso fruto cuyas habas tostadas son utilizadas para la confección de chocolates.

De Santa Fé nos trasladamos en caminos precarios que obligan la pericia de un conductor familiarizado con el terreno, pasado el poblado de Cucunatí hasta Quebrada Eusebio, jornada de aproximadamente dos horas hacia el corazón de la selva darienita, donde pernoctamos bajo una sinfonía de cigarras, uno que otro búho, acompañados de un sinfín de silbidos selváticos que hicieron de la noche una vivencia arrulladora y reconfortante.

En la mañana a las 7:30 a.m. iniciamos nuestro selvático recorrido a través de un sendero abreviado, similar al fangoso camino entre Cucunatí y Quebrada Eusebio.  Al iniciar la faena, nuestro guía confeccionó bastones para cada uno que nos sirvieron de tercer pie, ¡harto útiles!  Al adentrarnos en la selva, amparados bajo el paraguas de los árboles, aunque nunca llovió, escalando el cerro in crescendo topamos un sinnúmero de cadencias, pajarillos, monos aulladores, mariposas multicolores y toda índole de imágenes silvestres.   Para nuestra sorpresa, la ausencia de mosquitos u otros cretinos y nocivos insectos, fue bienvenida. 

El trayecto es de cuatro kilómetros y en algunos parajes, sobremanera cercanos a la cumbre, estresantes por su ángulo ascendente.  No obstante, a las 10:00 a.m. logramos la tan anhelada coyuntura de arribar a la cúspide y matizar el maravilloso espectáculo que Balboa divisó hace 500 años.

Las palabras son escasas, no existen, para describir el esplendor del paraje: íntegramente erizado, con el corazón galopante y un suspiro que surgió de la intensa emoción, recé una oración que me brotó del alma, agradeciendo al Señor por permitirme el privilegio de divisar aquel lienzo pincelado por la naturaleza, con algodones de nubes y el intenso azul del Océano Pacífico de fondo al espesor de la selva y la zigzagueante desembocadura del Río Congo, que me hizo percibir la euforia de Balboa, a pesar de que, similar a Cristóbal Colón no vivió lo suficiente para comprender la magnificencia de su obra.

En términos futbolísticos, fue un golazo, con cero lesiones y cero faltas.  Algo curioso que engendró el experimento fue el intenso placer del logro de ideales que nos permitan ser más felices, que es precisamente el lamento de muchos al encontrarse en el lecho de muerte.  La felicidad es una opción selectiva.  Algunos permanecemos amarrados a viejos hábitos y moldes en lugar de gestionar fantásticas experiencias.
  
El confort de la familiaridad sobrepasa nuestras emociones y vidas físicas.  El temor al cambio, nos hace pretender hacia los demás y nosotros mismos, que somos felices cuando muy íntimamente anhelamos explorar parajes desconocidos, reír a carcajadas y gozar de candores nuevamente.  Y eso, muy cerquita de nuestra ciudad, dentro de este mágico istmo, lo volvimos a saborear arraigadamente durante este celestial fin de semana.  ¡Indigentes las almas, que estando tan cercanas a nirvana, no gozan las generosidades de nuestra tierra!      
              
Pasamos ahora la batuta a las autoridades, entre otras ANAM, INAC, PRODEC y ATP, para el productivo desarrollo permanente del sendero de Balboa, comprendiendo los 4 kilómetros desde Quebrada Eusebio hasta la cima del Pechito Parao, como trocha turística permanente que permita a sus visitantes, locales y foráneos, el panorama de este fastuoso teatro vibrante en esplendor ecológico, único en el universo, que impactó la historia del comercio mundial ubicando al istmo de Panamá en el altar estratégico que perdura y se enaltece con el paso de los siglos.

Esta urgente tarea solemnizaría la historia nacional, perfeccionada por la excavación del canal cuatro siglos más tarde y el gran gozo que debemos abrigar de haber nacido en Panamá, para que al visitar el histórico Pechito Parao oigamos en lo íntimo del corazón la estrofa del laureado compatriota Gaspar Octavio Hernández en su Alma Patria, publicada el 3 de noviembre de 1917: “Y volveré a sentir en mis entrañas el rumor de tus líricos palmares, y aspiraré el aliento de tus mares, y aspiraré el olor de tus montañas”.

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