miércoles, 18 de junio de 2014

El vaivén del reloj

Diario Panamá América
21 de junio 2014


El vaivén del reloj
Jaime Figueroa Navarro

En uno de mis viajes al viejo continente a comienzos de siglo, anterior a la tragedia del 11 de septiembre porté de vuelta a casa dos particulares recuerdos: de Toledo, España, una replica a tamaño real de La Tizona, la impresionante espada del Cid Campeador, que adorna mi oficina con estirpe y donaire y de Oberammergau, un reloj cuckoo hecho a mano en madera que hace famoso a este poblado cercano a Múnich en la Bavaria alemana, donde no quisiera vivir por la constante trova a cada hora de miles de muestras en sus decenas de tiendecitas.  Por respeto a nuestro loro Clodomiro y por no desearle una demencia precoz, nuestro cuckoo permanece callado al lado de su enorme jaula en la cocina de nuestro apartamento.

Clodomiro es un loro de cresta amarillo, bien panameño, de allá del valle de Antón, simpaticón y bilingüe.  Espeta Mi Pollera Colorada y también saluda al visitante gringo con un prolongado “Hello Baby”.  Mi rutina diaria nos encuentra al deleitable aroma que emana de la cafetera a las cuatro de la mañana mientras  caliento en el micro ondas mi desayuno que consiste de un tercio de taza de avena con agua y canela que preparo todas las noches antes de acostarme, volcando una cucharadita de azúcar morena y una lagrima de leche en la taza del café y destapando el multivitamínico, una gragea de CoQ10 y otra de picolinato de cromo para calentar los motores y el pensamiento.  Como Clodo piensa que soy gringo, después de la leve bullanguera, me saluda con un “Hello Baby”.  Acto seguido le rasco por largo rato la cabeza y espalda, al final entregándole una galleta de fibra y miel. 

Con mi café a mano, me introduzco a mi oficina.  Tengo el raro privilegio de contar con ella contigua a mi apartamento, tema que muchos objetaron la década pasada como desatinado, tildándome de ratón de oficina al remodelar el amplio espacio para la creación de ambos ambientes.  Ahora con los tranques tan de moda en nuestra metrópolis, me ensalzan de genio.

Allí, sin interrupción alguna, dedico una hora y media a  escudriñar un sinnúmero de diarios, entre otros el italiano Corriere della Sera, el madrileño El País, Le Monde de Paris y el Bostoniano Globe guardando para el final la lectura de los periódicos locales, frecuentemente compartiendo con colegas uno que otro interesante editorial.

Subo al apartamento de mi madre y le dedico valioso tiempo a desperezar la mente, escuchar sus sueños y saborear la naranja que con privativo cariño me pela todas las mañanas.  Como la naranja, es muy especial y dulce esa Mercecín.  Me narra sus ritos diarios, describiendo el menú del mediodía, para que le acompañe cuando mis quehaceres lo permitan.  Aprecia a tus progenitores y amales profundamente.  Es un mandamiento, además de un deleite.  

Acto seguido, me rasuro y me visto para ir a mi gimnasio, donde pasan ocurrencias muy particulares.  El gimnasio esta ubicado a unos quince minutos de mi casa, en un quinto piso. Por reparaciones al área de estacionamiento, solamente podemos subir hasta el cuarto piso, donde los atletas toman el elevador al quinto piso mientras yo subo por las escaleras.  Después de todo, se va al gimnasio a hacer ejercicios ¿o no?  Frecuentemente encuentro la puerta de entrada al estacionamiento abierta, destapando el aire acondicionado, desaire al sentido común en esta época de cada vez mas caras energías.  Siempre la cierro.

En el gimnasio troto cuarenta y cinco minutos mientras me deleito con el balbuceo de damas narrando el ultimo divorcio, quien anda con quien y las ultimas novedades istmeñas, que hacen pasar el tiempo volando anterior a una abreviada sesión de pesas.  Esta rutina que acostumbro a diario desde mis años mozos no es un culto a la vanidad sino más bien a la salud.  La mayoría de nosotros trabajamos más de la mitad de la vida ahorrando para gastarnos el tesoro en médicos, hospitales y medicamentos al final del camino.  No pretendo que ese sea mi caso. 



Posterior a mi rutinaria lectura matinal y de escuchar a las damas con todos los pormenores locales,  llego a la conclusión que sabiduría es poder, mi presión es 120/80 y mi estado anímico vibrante.  El resto de la faena, el vaivén del reloj se ve positivamente aspectado, saludando afectuosamente a mis congéneres siempre con una sonrisa y haciendo de mi vida una pasión por vivirla, porque gozo de excelente salud, de la enorme dicha de estar en este paraíso y de hervir bajo su sol de mediodía.

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