jueves, 12 de junio de 2014

Un paréntesis

Diario Panamá América
     14 de junio 2014                                 

Un paréntesis
Jaime Figueroa Navarro

Nuestro desenvolvimiento gira alrededor del turismo, devenir clave en el desarrollo nacional.  Y cada semana cubrimos una faceta dentro de este apasionante tema porque somos de la opinión que tanto nos falta recorrer en esta gema sin pulir para lograr un verdadero cometido en nuestro país, que tanto tiene que ofrecer y tan lúgubremente lento se desenvuelve.  Ello obviamente por falta de visión por nuestra clase política que carece de un temario en turismo cuyo denominador común sea el amor por lo nuestro.

El lunes dicté una conferencia en la Cámara de Comercio Americana ante un nutrido grupo de visitantes, profesores y estudiantes de la Universidad de Charleston, West Virginia.  En ella, como suelo hacer, puntualizo los especiales atributos que nos distinguen sobre el rebaño de países hermanos y que, con todo respeto, poco tienen que ver con nuestro particular destino.  Panamá es un pedacito de tierra bendecido con sendos atributos que le obligan a convertirse en un destino obligatorio de desfile del comercio mundial.  Pero vamos mucho más allá de un canal, estamos preñados de historia, de etnias y de una naturaleza sin igual en el planeta.  Bendecido paraje que poco asemeja a los cerritos de carbón del oeste de Virginia donde toscos mineros todavía a estas alturas del siglo XXI se ganan la vida de forma rudimentaria, de paso envenenando el medio ambiente cuando las nuevas practicas indican que la quema del carbón es obsoleta y malditamente nociva.

Surge entonces la pregunta, bien aspectada, de cómo es posible que ante tanta riqueza, ante tanto desarrollo, exista, permitamos tanta extrema pobreza.  Es una pregunta harto filosófica que me permite responder afilando el bisturí del pensamiento.  Primero, es una vergüenza irrefutable que frente al emporio de Zona Libre de Colón exista un ápice de miseria, indicativo de nuestras pobrísimas prioridades sociales.  Panamá, bajo todo punto de vista, es un país riquísimo donde la palabra pobreza debe evaporarse de su vocabulario nacional.

Peor aun es que nuestra pobreza nada tenga que ver con falta de recursos sino con la terrible mezquindad que nos permite circular en automóviles de lujo mientras alguien escudriña nuestros desechos en busca de un pedacito de pan enmohecido para acallar el hambre dentro de su bocacha y maloliente dentadura.  Inaudito resulta que gozando de un esplendido entorno, el homo sapiens se haya rebajado a su mínima expresión en nuestro paraíso.

Venimos al mundo llorando y así llorando nos vamos.  Peor aun para aquellos que han acumulado riquezas, mal habidas, resultado de la explotación del prójimo y del ambiente, porque al final del camino, nos vamos sin nada, solitos en nuestra desnudez.  Somos polvo y nada más.  Entonces en vez de vivir una vida sin sentido, sin propósito otro que la acumulación de bienes, aprovechemos la oportunidad que nos da el Señor, para compartir y hacer de Panamá un verdadero símbolo de lo que somos pero no nos permitimos germinar.

Atinadamente mañana celebramos el día del Padre.  Bendecido he sido con el privilegio de gozar de un progenitor ejemplar.  El Dr. Alfredo Figueroa y Figueroa, sin duda alguna el mejor médico del siglo veinte istmeño, laboró con desvelo durante 58 largos años en el Hospital Santo Tomás al servicio de su pueblo panameño, de paso grabando en su bitácora el mayor numero de intervenciones quirúrgicas en la historia del nosocomio.  No solamente alivió el dolor humano sino también con su rectitud, honestidad y humildad nos sirvió de ejemplo a los que tuvimos la dicha y el privilegio de conocerle y compartir sus vivencias y sonrisas.  Toño fue, y es, porque permanece en un altar en lo más profundo del corazón y le rindo genuflexión a su imagen en mi oficina bellavistina todas las madrugadas, un ejemplo a seguir dentro de la podredumbre moral que nos afecta.


Nos regala el día del Padre la oportunidad de reflexionar y acompañarle.  Sobremanera debemos enrumbar nuestro destino.  No es el Metro, los rascacielos ni la Cinta Costera lo importante, la clave es el afable buenos días, el amor al prójimo y a esta bendita tierra que nos vio nacer.  Discernamos sobre esto, alejándonos del trivial mercantilismo y sirviendo cada uno de nosotros como soldados de la patria, orgullosos de nuestro terruño y ejemplos de equidad y buenas costumbres.  ¡Feliz día del Padre, Panamá!           

No hay comentarios:

Publicar un comentario